Jorge Rodríguez: un prócer sin ocaso | Por: Hadi El Halabi

Hadi El Halabi

Fue una vida fugaz, aunque intensa. Abundante en lecciones, ejemplo y pensamiento, rica en frutos y moral; hizo las veces del relámpago, breve en su estancia, iluminando y disipando la tiniebla. Treinta y cuatro años y un pase a la inmortalidad; Jorge Antonio Rodríguez, conocido en la intimidad revolucionaria como “Carora” es sin duda un prócer sin ocaso.

Nacido en el seno de una familia humilde, tomó conciencia temprana de la realidad injusta que vivía la Venezuela depauperada y saqueada de entonces, vivió todas las vicisitudes de los niños pobres de nuestra tierra. Se formó en la Normal de Rubio, donde obtuvo su titulo de maestro rural. En ese titulo se condensaron dos de sus dones: su condición de maestro y su inseparable identidad y amor hacia el campesino humilde.

Jorge fue un hombre inquieto; inquieto en acción y pensamiento, su visión temprana de la realidad venezolana lo arrojó a los brazos de la lucha, donde despuntó con verdadera nitidez, pues, aunque su palabra convencía, su ejemplo arrastraba. Vivió plenamente el compromiso de su generación con una democracia autentica y decente, en la que el proletariado tuviera un papel despuntante, lejos de la explotación capitalista, con verdadera conciencia de clase y protagonista de su destino. Su gran sueño fue la creación de un movimiento revolucionario nuevo, ese sueño que intentaron cegar quienes cortaron su vida, pero no fueron capaz de sepultar su imagen y ejemplo.

Una de las grandes características de Jorge Rodriguez fue su visión temprana acerca de la necesidad de la construcción de un verdadero partido revolucionario, fundado sobre el compromiso autentico que sólo los ideales reales brindan. En ese esfuerzo, fue uno de los principales propulsores de la creación y consolidación de la Liga Socialista, aquella que, en palabras de Julio Escalona, camarada de Jorge, nunca fue concebida “como una mampara o respiradero legal, sino como un proyecto político serio de trabajo revolucionario entre masas”.

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En el esfuerzo por frenar esas iniciativas fue encarcelado y enviado a Maracaibo, el tiempo en prisión fue de incesante e incasable lucha, no hubo barrotes que frenaran su espíritu ni amilanaran su combate. Aquella experiencia por el contrario reafirmo su ímpetu revolucionario y su compromiso con un cambio autentico en el país, una transformación profunda y radical, una revolución verdadera. Sus palabras fueron premonitorias: “ellos saben que a pesar de que torturen, de que maten, la revolución no morirá jamás”.

El ejemplo de Jorge Rodriguez tuvo un ímpetu movilizador, dejó en claro que la lucha por el socialismo y la defensa de los ideales es un combate de vida o muerte, de entrega total. En una asamblea de trabajadores dejó patente en forma casi profética una realidad: “Les temen y nos temen porque somos el futuro, nos temen porque saben que tarde o temprano el poder será para los trabajadores”. Años después su sueño es una realidad cotidiana. No sólo es un Presidente obrero quien hoy conduce las riendas de Venezuela, Nicolas Maduro, sino además un hombre formado en la Liga Socialista, aquel sueño al que Jorge apostó todo.

Razón tuvo cuando desafiando a la muerte, expresó que no “daremos ni pediremos cuartel, que llevaremos la lucha por el socialismo hasta sus últimas consecuencias. Y si caemos en el combate, otros valerosos camaradas continuarán el camino. De eso estamos seguros”. Las paradojas de la vida quisieron que, en su ausencia, sus hijos, fruto de su amor, fuesen quienes levantaran sus banderas y continuaran el camino en la construcción y defensa de la revolución venezolana.

El ejemplo de Jorge Rodriguez tuvo un impacto movilizador, dejo en claro que la lucha por el socialismo y la defensa de los ideales es un combate de vida o muerte, de entrega total. Aunque la vileza haya cortado su vida, su grandeza lo convierte en un mártir que se eleva en la eternidad, en un prócer sin ocaso. Recordando los versos de Navarro Luna, de Jorge Antonio Rodriguez habrá que decir:

Hay muertos que, aunque muertos, no están en sus entierros;
¡hay muertos que no caben en las tumbas cerradas
y las rompen, y salen, con los cuchillos de sus huesos,
para seguir guerreando en la batalla…!
¡Únicamente entierran los muertos a sus muertos!
¡Pero jamás los entierra la Patria!
¡La Patria viva, eterna,
no entierra nunca a sus propias entrañas…!

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