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La Vinotinto tenía una cita con la historia, y no llegó

El Monumental de Maturín estaba listo para una cita con la historia. Más de 50,000 almas vibraban en las gradas, cada una con una fe desbordante y un acento distinto. En mi andar descubrí miradas llenas de una ilusión enorme, palpable en cada rostro que veía, llena del poder de la cita que teníamos ese día, acentos de cada lugar de Venezuela, una fe enorme por lo que podía suceder; los nervios de la cita más importante que tendríamos. 

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El estadio se tiñó de vinotinto, un mar de personas que de diferentes lugares coreaban con pasión el “Gloria al Bravo Pueblo” con la certeza de que, esta vez, nuestro himno resonaría en otras tierras, no olímpicas o conocidas, en el Mundial de Fútbol de 2026.

Con el pitido inicial, la cita arrancó a toda velocidad. A los 3 minutos, Telasco Segovia nos ponía 1-0 y Maturín ya era una fiesta. Pero la alegría duró poco, el partido se convirtió en un sube y baja de emociones cuando: Yerry Mina empató al 10′. Josef Martínez nos volvió a dar la ventaja al y cuando un gruñido monumental comenzaba a pedir la hora, antes del descanso, Colombia puso el 2-2 en el marcador. 

A pesar del resultado, las miradas entre las tribunas eran de aliento, nadie perdía la fe, parecía intacta. Cada venezolano presente se señalaba, pidiendo calma, creyendo que el siguiente tiempo sería nuestro, seguíamos teniendo la oportunidad en nuestras manos y el estadio lo sabía. 

Pero la segunda mitad fue un golpe contra la cruda realidad. Las sonrisas se borraron, las miradas de los fanáticos se llenaron de decepción y las voces en las gradas llenas de distintos acentos, se transformó en un silencio que por momentos se hacía insoportable. Las radios, en un estadio sin comunicación al exterior, comenzaron a gritar la victoria de Bolivia, con esto la esperanza se nos escapó de las manos.

La fe, esa fuerza que nos unía, se aferró a un último acto de magia, un último aliento, una última esperanza. El estadio entero empezó a cantar goles de Brasil, inventando una realidad que no existía. Y que por un momento… funcionó. 

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Salomón Rondón acortó distancias al minuto 76, la ilusión resurgió, el grito de toda una nación impulsó a que en la siguiente jugada Kelsy, casi nos dejara a un gol de esa cita, de ese sueño. Pero el guion parecía que ya estaba escrito, Luis Javier Suárez, había decidido volverse el verdugo de Venezuela, cuatro goles a su cuenta personal y liquidó el partido con un contundente 3-6.

Cuando el árbitro pitó el final, un silencio sepulcral se apoderó del Monumental. No hubo gritos, ni quejas, solo las lágrimas que caían en los rostros de todos, literalmente de todos. Ya no había gritos en maracucho o quejas en gocho, solo había un gran corazón roto, el sentimiento de una nación. 

Las personas, inmóviles en sus asientos, no se querían ir, esperando que el resultado en El Alto cambiara. Unas manos se abrazaban, otras se cubrían la cara, la decepción en cada mirada era incluso más dolorosa que el propio marcador. Que haber perdido la oportunidad que siempre estuvo en nuestras manos. 

Crecí con un pequeño pedazo de papel que guardaba la esperanza de un mundial, la crónica de Cristóbal Guerra, “Venezuela 2018”. En ese entonces, desde muy pequeña, el sueño parecía casi tangible. Ahora, mientras veo que la oportunidad sigue escapándose muchos años después, pienso incluso en rendirme. Pero recuerdo, al hombre que me hizo amar esta camiseta, incluso en días como estos. 

Hoy a mi mente llegan con facilidad los rostros del Monumental, recuerdo la alegría, la pasión y el amor con el que se vivió esa oportunidad única, esa cita histórica. El grito de cada gol, la esperanza de que algo cambiara, hasta el último momento. El sueño de depender de nosotros mismos para abrir la puerta de oportunidades para una nación, que el mundial sigue siendo una deuda pendiente.

Intentarlo de nuevo es parte de esta historia, de nuestras historias. Tener el corazón arrugado, pero la fe (casi) intacta, también. Así nos preparamos para la próxima cita, levantándonos como cada día, somos la generación que verá a Venezuela en un mundial. Quizás no fue en el 2026, pero por alguna razón divina, en 2027 volveremos a intentarlo.

Uruguay, Paraguay, Argentina, Marruecos, España y Portugal, tenemos una cita en el 2030, esta vez no faltaremos.

 

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