Recuerdo haber leído el pasado diciembre un titular que rezaba: “la hallaca venezolana llegó a Sol”, refiriéndose a la Plaza de Sol, en el centro de Madrid, la capital española; lugar que le da cobijo a más de 400 mil venezolanos, del cúmulo de más de 8 millones que por diversas razones han salido de esta tierra que está separada por el Atlántico de la Península Ibérica.
Son tantos los que están fuera que ya hay lugares del mundo donde abundan los paisanos. No en vano suena el joropo en Islas Canarias, se pasea a la Virgen del Valle en Chile, se come pabellón en Doral, y se prepara hallaca, el típico plato decembrino, en Madrid.
“Vivo en Puerto Rico y tenemos una comunidad de venezolanos, somos pocos, pero nos reunimos para hacer hallacas y yo preparo mi ensalada de gallina famosa”, dijo Elba Escobar, la primera actriz venezolana radicada en Puerto Rico.
“El arraigo entra por el estómago”, afirmó Danny Vázquez, una de las tantas empanaderas que hacen vida en el Boulevard de las empanadas en El Valle, frente a la Basílica, en la Isla de Margarita.
Razón tiene cuando lo dice. Los venezolanos que están fuera lo primero que buscan al salir del país es la cercanía de la patria que la encuentran en el redondo de la arepa, en el queso llanero que ahora preparan en Miami y en los tantos negocios de comida venezolana donde no falta la harina PAN y las arepas que recorren Tailandia, Estados Unidos y hasta China.
Porque donde hay un venezolano, hay un embajador cultural; porque desde que este fenómeno se ha dado exponencialmente, los venezolanos, tanto dentro como fuera, nos hemos conectado con nuestras raíces y la profundidad y sabiduría de nuestra tierra.
Generaciones pasadas daban al país por hecho, se hablaba de “este país” como algo lejano y no propio, manteniendo el pensamiento de que siempre estaría allí y que nada lo destruiría.
Estamos viviendo las consecuencias de haberlo dado por hecho: hoy, según estudios, somos el país más infeliz del continente.
Sin embargo, esta era ha sido propicia para el florecimiento del sentido de pertenencia y de venezolanidad entre nosotros mismos, los que están dentro y los que están fuera.
Porque la pertenencia no va de llevar una gorra tricolor o portar una bandera, por el contrario consigue su máxima expresión en la expansión de nuestra cultura y modo de ser, por eso, donde hay un venezolano, incluso fuera de las fronteras, se materializa nuestra esencia: dichosa, solidaria y terca, porque somos tercos hasta para buscar la felicidad.
Por eso, dediquémonos a ser “Yariana”, o ser felices en lengua warao.
Jose Ricardo, de Con acento venezolano.
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